“Ahí donde nos habían torturado, Kirchner nos pidió perdón y prometió que la ESMA iba a ser emblema de no olvido” | A 20 años del 19 de marzo de 2004

“Ahí donde nos habían 
torturado, Kirchner nos pidió perdón y prometió que la ESMA iba a ser emblema
 de no olvido” | A 20 años del 19 de marzo de 2004

El 8 de marzo de 2004, en un salón de la Casa Rosada, el aún de estreno Presidente Néstor Kirchner –no hacía un año que ejercía la jefatura de Estado– escuchaba las propuestas que un grupo de sobrevivientes de la última dictadura cívico militar tenía para la Escuela de Mecánica de la Armada que, por entonces, todavía funcionaba como una institución de esa fuerza. El secretario de Derechos Humanos de la Nación, Eduardo Luis Duhalde, presente aquella tarde, seguía la charla como un partido de tenis desequilibrado: los sobrevivientes hablaban, Kirchner no tanto –más bien asentía con la cabeza, de a ratos dejaba salir un “aham”, “mhm”. Hasta que sí habló.

-Yo quiero ir a la ESMA –dijo–, y quiero ir con los sobrevivientes –Aquella propuesta se concretó diez días después y dejó en la historia de la lucha por la memoria, la verdad, la justicia y la reparación una huella para siempre. Pasaron 20 años.

La propuesta presidencial venía cocinándose desde algunos días antes. ¿Sería posible? ¿Aceptarían les sobrevivientes? ¿Y si salía mal? Un poco de contexto. En 2003, Kirchner había asumido el Gobierno de un país con las brasas de una crisis monumental aún encendidas. Por insistencia de Patricia Walsh y decisión política del Ejecutivo, el Congreso declaró nulas las leyes de impunidad que durante dos décadas habían garantizado la impunidad a represores de la dictadura. Pero la desconfianza persistía.

En diciembre, una nueva Marcha de la Resistencia –la 23°– que había reunido a una multitud en Plaza de Mayo, organismos de derechos humanos incluidos, sirvió de marco para que Kirchner recibiera a algunos de sus referentes en Casa Rosada. Allí se empezó a diagramar qué hacer con la ESMA, algo que se siguió dialogando en reuniones sucesivas. Comenzaron a intervenir, también, el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Aníbal Ibarra, y su subsecretaria de Derechos Humanos, Gabriela Alegre.

El puente entre organismos y el Presidente eran Duhalde y la coordinadora Ejecutiva del Archivo Nacional de la Memoria, Judith Said. Ambos emprendieron la tarea de acercamiento a sobrevivientes. Said llamó a Lila Pastoriza, una de elles, para tantear la posibilidad de armar una visita al excampo de concentración con el Presidente. A Lila le gustaba la idea, pero “no cerraba que el Estado encabezara la situación”, recordó Alegre. “Insistimos en que no buscábamos show ni rédito político, que se trataba de la decisión del Presidente de poner en primer plano el rol de los sobrevivientes en la lucha contra la impunidad”, apuntó Said.

Volver libres

En aquella charla de principios de marzo, los sobrevivientes de Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos (AEDD) le pidieron a Kirchner la preservación de todo el predio de la ESMA, incluido el campo de deportes –hoy cedido a River Plate–, su desafectación –que se fuera la Marina– y su designación como monumento histórico nacional. Iban a eso, a charlar sobre la ESMA, y entonces apareció la idea de la visita.

“La recibimos como una propuesta sumamente valiosa. Le dijimos que sí, que nos parecía que era importante que esa entrada se produjera”, recordó Graciela Daleo, que participó de aquella charla. A ella la secuestraron en octubre de 1977 y permaneció cautiva en el Casino de Oficiales del predio que regenteaba la Armada en Avenida del Libertador, a pocos metros de la General Paz, hasta abril de 1979. El 19 de marzo de 2004 “ingresamos a la ESMA ya libres con un plus importante: acompañados por el presidente de la Nación”, subrayó Daleo, algo que implicó el “reconocimiento desde la más alta instancia de Gobierno, de que ese, como tantos otros lugares en nuestro país, habían sido una de las sedes del Estado terrorista desde donde se perpetró el genocidio contra nuestro pueblo”.

Pero para esos días faltaba. Antes de decir que sí plenamente, plantearon en aquella reunión algunas cuestiones a las que el primer mandatario accedió sin objeciones. Que el grupo de la visita sólo lo integraran sobrevivientes, que no hubiera participación naval en ningún momento del recorrido, que no hubiera participación de la prensa. Para Miriam Lewin, la restricción a los medios de comunicación era un error y todavía sostiene esa lectura. “Fue una actitud individualista que no comprendió la trascendencia del hecho”, definió. Por esa razón se negó a participar cuando recibió la invitación formal de parte del gobierno. Recordó: “Me negué y me negué hasta que una compañera, Nilda ‘Munú’ Actis, me persuadió”. Ambas fueron compañeras de cautiverio en la ESMA, en 1978.

Al final, se sumó a la visita. Aquel 19 de marzo hicieron previa con “Munú” y otres sobrevivientes en un bar cerca de Plaza de Mayo. “Llenamos todos los bares de alrededor de la Casa de Gobierno, si éramos un montón”, recordó Ana Testa, que fue liberada en 1980. Ambas describen aquella como una tarde de “alegría”, “emoción”. “Había un clima de estudiantina, de excitación”, detalló Lewin. “Había un entusiasmo particular que tenía que ver con reencontrarse y conocerse. Porque éramos de diferentes períodos –del funcionamiento del centro clandestino– y entre muchos solo nos conocíamos de nombre”, sumó Testa.

Alfredo Ayala sospechó que “todo era una mentira” hasta el momento en que entró al ómnibus blanco estacionado a un costado de la Casa Rosada, y se reencontró con “muchos compañeros y compañeras que no había vuelto a ver. Fue emocionante”, describió. Le había llegado la invitación días antes. Un policía se la había acercado a su casa, en las afueras de Villa Uruguay, Beccar. “Era un papel que decía que me invitaban a visitar la ESMA con el Presidente y sobrevivientes de la dictadura, como yo. Yo estuve en la ESMA. Me escapé dos veces, pero estuve ahí encerrado tres años”, contó “Mantecol”.

No creyó. Luego lo llamó Daniel Álvarez, secretario de la Presidencia, para avisarle de un cambio de horario de la visita. Él siguió sin creer. “Sí, el Presidente quiere recorrer la ESMA con vos”, insistió Alvarez. El 19, “Mantecol” se puso sus mejores ropas, “no nuevas, pero bien limpitas”, se tomó el tren a Retiro y, desde ahí, caminó hacia la Rosada.

Arriba del micro se encontró con Ana María “Rosita” Soffiantini, que había sido su responsable en la estructura de Montoneros. “Rosita” estaba en ese micro acompañada de su hija, María Onofri, que había sido secuestrada con su mamá –también lo fue su otro hijo– cuando tenía apenas poco más de un año, y llevada a la ESMA. También estaban Ricardo Coquet, Cristina Aldini, Adriana Clemente, Martín Gras, Ana Testa, María Milesi y su hija Laura Pisarello –también secuestrada con su mamá cuando bebé y llevada al campo de concentración–, Liliana Gardella, Víctor Basterra, Carlos Lordkipanidse, Pastoriza, Daleo, Lewin, Actis.

Indescriptible

Eran 32 –contando a las dos muchachas– en total, los que se subieron al micro blanco. Los acompañaron Duhalde y Álvarez. Llegaron a la puerta de la ESMA y se bajaron del micro porque querían ingresar caminando. Se cruzaron con la prensa, que esperaba en la vereda. No dieron declaraciones. Algunos de los autos que pasaban gritaban “Viva Videla”. Adentro, caminaron hasta el edificio Cuatro Columnas, donde estaba Ibarra y Alegre y donde esperaron a Néstor Kirchner y Cristina Fernández; también participó Oscar Parrilli.

“Ese día, el Cuatro Columnas me pareció mucho más chico. Cuando estaba en cautiverio, y me entraban o me sacaban de la ESMA, lo veía monumental, una muestra material y muy simbólica del poder que ejercía el Estado terrorista sobre nuestro pueblo y en particular sobre quienes estábamos cautivos en ese centro clandestino”, rescató Daleo.

Antes de comenzar a caminar, Kirchner fue interceptado por un grupo de familiares de estudiantes del Liceo Naval, que no querían que el Liceo fuera trasladado. “Si en las aulas donde estudian nuestros hijos no hubo torturas”, le decían al Presidente. “Ahora no es momento”, respondió Kirchner. Era una provocación y había sido armada por la Marina. Tras el episodio, el marino a cargo de la ESMA fue desplazado.

“Bueno Mantecol, ¿para dónde tenemos que ir?”, recordó Ayala que le preguntó Kirchner, tomándolo de la espalda. “Yo estaba asombrado porque nunca lo había visto en mi vida. Le pregunté cómo me conocía. ‘Mirá a todos, están vestidos como si fueran a un casamiento. El único que vino vestido como villero sos vos, y al único villero que invitamos fue a vos así que me la jugué’, me respondió. Y a mí me emocionó mucho”, reconstruyó el sobreviviente que permaneció encerrado en la ESMA entre septiembre de 1977 y mayo de 1980.

El recorrido duró unas tres o cuatro horas. Los que tomaron la delantera a uno y otro costado de Kirchner fueron Basterra, quien rescató del infierno fotografías de represores que fueron prueba fundamental en los juicios de lesa humanidad, y el “Sueco” Lordkipanidse. Pero entre todos iban identificando el espacio, que se encontraba abandonado. Sucio, “pilas de catres arrumbados que no eran en los que dormimos nosotros. El pañol, vacío; la pecera, desmontada”, detalló Daleo. Muchos años después se constituirá en Museo Sitio de Memoria, la institución que el año pasado fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Nos agarrábamos de las manos, íbamos abrazados de a tres, de a cuatro”, describió Testa. Ingresaron por el sótano. “Discutimos ahí porque el sótano estaba cambiado, lo conocimos diferente según el período que pasamos ahí adentro. Lo que no cambió eran las enormes columnas que sostenían el techo”, siguió la militante cordobesa que “cayó” en la persecución a la contraofensiva de Montoneros. Ella no lloró hasta que llegó a Capucha, el principal lugar de reclusión. “Tocábamos las paredes, tratábamos de detectar las modificaciones arquitectónicas que se habían hecho para confundirnos”, apuntó Lewin –los represores habían quitado un ascensor y una escalera, por ejemplo, para intentar desmentir testimonios que sobrevivientes aportaban en el ámbito internacional no bien partían al exilio. 

Kirchner y Fernández, así como el resto de los funcionarios, “nos escuchaban, nos observaban con muchísimo respeto. Fue muy conmovedor”. Después del Casino, fueron a los consultorios, que estaban cerrados, pero Parrilli logró abrir de un empujón. Luego, buscaron el edificio donde funcionó la imprenta. “Mantecol” recordó el “compromiso y el valor” de Kirchner, que les pidió perdón. “Uno por uno, en el sótano de la ESMA, ahí donde nos habían torturado, nos pidió perdón y nos prometió que la ESMA iba a ser emblema de no olvido y garantía de Justicia. Y cumplió”.

“Fue un reconocimiento sin miramientos del Estado no solo de lo que había sucedido allí dentro, sino a quienes lo habían sufrido, habían sobrevivido y lo venían denunciando desde siempre”, definió Said. Alegre coincidió: “Fue un gesto de profundo reconocimiento y reparación hacia los sobrevivientes”. Daleo, por su parte, encuadró la visita en la historia: “Uno de los acontecimientos para señalar en esta larga lucha por la memoria, la verdad y la justicia, contra la impunidad que lleva adelante nuestro pueblo”.

A Daleo le costó describir qué emociones la atravesaron durante “ese reencuentro con el lugar de cautiverio que era no sólo con lo que habíamos vivido y sufrido cada uno, sino, también, con los miles de compañeros que habían estado cautivos y su destino final, decidido por la dictadura, fue la desaparición y la muerte”.

Cuando terminaron, ya era de noche. El micro las y los devolvió al microcentro. Varios se fueron a comer una pizza. Al filo, se sumó Duhalde “ya no como secretario, sino como compañero”. “No queríamos despegarnos”, dijo Daleo. 

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